Hoy quiero empezar este post describiéndoos una escena que, estoy segura, os va a resultar muy familiar si tenéis a un adolescente (o varios) en casa.

Son las 8 de la mañana de un miércoles cualquiera

Son las 8 de la mañana. Tú te has levantado a las 7, te has duchado y has preparado el desayuno para asegurarte de que toman todos los alimentos que necesitan. No sabes por qué, pero sospechas que ninguno de tus hijos está preparado para poner sobre la mesa todo lo que necesita desayunar. Tú sabes que son capaces de viajar solos en avión (ya han hecho algún intercambio escolar), han viajado solos en tren para reunirse con los abuelos en la playa pero… ¡tú sigues pensando que si no haces el zumo de naranja con tus propias manos, no se lo van a hacer!

Chicos, arriba, hay que levantarse

Seguimos. A las 8 menos cuarto has llamado a todos: “Chicos, arriba, hay que levantarse” y quince minutos después estás escuchando ruido en el cuarto de baño, así que estás convencido de que en escasos minutos estarán todos sentados alrededor de la mesa, después de haberte dado los buenos días, un efusivo abrazo y, por supuesto, las gracias por haber preparado la primera mesa del día.

¿A qué te suena? ¿Y qué es lo que pasa? Pues lo único que pasan son los minutos y tú no paras de mirar el reloj y de repasar mentalmente los puntos que tienes que tratar en esa reunión de trabajo que empieza en algo más de media hora y a la que NO PUEDES LLEGAR TARDE.

Llamando a la puerta del baño….

En algún momento, te decides a llamar a la puerta del baño donde tu hij@ adolescente lleva encerrado más de 20 minutos y le dices eso de “¿Quieres salir de una santa vez? ¿Tú crees que yo no tengo nada que hacer excepto llevarte a ti a clase?”; una expresión que se convertirá pasados unos minutos más en un grito y, probablemente, algún calificativo que empieza por ERES UN… y ME TIENES HARTA.

Seguramente tu hij@ se esté enfrentando a una situación que le está amargando el día: una feísima espinilla brilla en medio de su cara, justo hoy que tiene tantas ganas de hablar con XXXXX en el recreo.

¿Sonríes? Seguro que sí.

Cuando finalmente abre la puerta y ves que, además de tardar, sale del baño con la cara hecha un cuadro, probablemente de tu boca saldrá algo así como “¿Se puede saber qué te has hecho en la cara? Lo que me faltaba, que te dediques ahora a destrozarte la cara.”

Tu hij@ te contestará con un silencio, agachará la cabeza y saldrá a buscar su mochila dando un portazo. O te contestará mal y se pondrá a la defensiva.

Dos preguntas en el aire

En ese momento dos preguntas están conviviendo en la habitación:

  • TÚ: ¿Qué he hecho yo mal para criar a un hij@ tan egoísta y tan poco comunicativo? Mira que le he dicho veces que no me gusta llegar tarde a trabajar … y que no quiero que se toque la cara. No hay manera con él. Con lo ric@ que era de pequeñ@.
  • TU HIJ@: Lo que me faltaba. Las 8, un grano y encima me está dando la charla. Claro, como a ella no le salen granos… no me entiende. No se puede hablar con ella…

Mundos diferentes

¿Sabes lo que realmente está ocurriendo? Pues que tu hij@ y tú estáis en dos mundos diferentes, dos mundos que conviven bajo un mismo techo pero que corren el riesgo de no entenderse y no comunicarse.

¿Qué puedes hacer en un caso así? Desde luego, no dejar que llegue a un punto de explosión por ambas partes. Los gritos y los ataques no van a solucionar la situación.

Aquí van algunas sugerencias para acercar mundos diferentes

  • Por muy difícil que te resulte, NO ATAQUES. Pregunta desde el verdadero interés por lo que está pasado. Prueba a cambiar el “¿Quieres salir de una santa vez? Por un “Veo que estás tardando más de lo normal. ¿Necesitas ayuda?”
  • ¡Tú hijo no hace las cosas sólo por fastidiarte a ti! Olvídate, no es que dedique el día a hacer cosas porque sabe que te molestan. Lo más probable es que se sienta mal y no sepa cómo expresarlo. Huye de afirmaciones como “eres un egoísta” “eres un vago”. Explícale cómo te sientes por algo que te resulta un comportamiento egoísta. “Entiendo que te de rabia tener esa espinilla y lo siento, pero entiende que yo tengo que llegar pronto a trabajar.”
  • Si vas a iniciar una negociación o vas a explicarle que no te gusta su comportamiento, busca el mejor momento. Y te puedo asegurar que cuando ambos estáis enfadados, no es el momento más oportuno. De una discusión en pleno enfado, no saldrá una solución: saldrá un nuevo problema. “Quizás esta noche podíamos hablar sobre esto que está pasando y evitar que vuelva a ocurrir”.

Y, por supuesto, recuerda que tú eres el adulto y tu hij@ es el adolescente.

¡No cambies los papeles!

Y, por último, recuerda que no puedes privar a tu hij@ de aprender, de probar y equivocarse. Déjale crecer y ser independiente.

Espero vuestros comentarios y sugerencias.

 

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